Yo era una persona que odiaba el deporte. De verdad. Estudié artes, y lo más parecido al ejercicio que hacía era subir las escaleras hasta clase.
Pero un año, por mi cumpleaños y después de una (muy terrible) ruptura, decidí regalarme una clase de pole. Fue un desastre: no conseguí hacer prácticamente nada. Y aun así, me encantó.
«Me entró el virus del pole y ya nunca más he conseguido dejarlo.»
— Sada
Un refugio
Volví a la semana siguiente. Y a la otra. Lentamente, progresé. El pole se convirtió en mi terapia, en un espacio donde encontré comunidad y donde aprendí a quererme más y mejor.
Por qué La Polería
Cuando tuve la oportunidad de enseñar, no lo dudé. Quiero que todo el mundo pueda cambiar su mundo a través del pole, aunque solo sea un poquito. Por eso La Polería no es un sitio al que simplemente vienes a entrenar.
Si te sientes triste o sola, no lo dudes: ven a entrenar.



